Cura Mori

ETNIA MEKNÓN -KUKUNG ARAK - CURA MORI (JUAN ALONSO DE MORI Y ALVARADO )

viernes, 16 de enero de 1970

Houdini Guerrero Torres.

1987 en este año publica el libro "MEKNÓN" (MEKNÓN termino compuesto - JVC)
Nació en Talara el 12 de noviembre de 1965,
Ocupa el primer y segundo puesto, en poesía y cuento respectivamente, en el concurso literario juvenil organizado por la Cámara Junior de Sullana.
Obras: “College quimérico”, “Desvaríos incoherentes”, “El tiempo borracho en días”, “Crónica de las horas de un poeta ocioso” (1984)

"EL TENIENTE DEL MONTE GAVILAN" -EN KUKUNG ARÁK

Ocurrio en la parte posterior del ingreso  Cementerio " los Angeles"  de Kukung Ara´k- Cura Mori .
Archivo  Cura Mori Noticias . (Proyecto Meknón ) . 06-01-1970 ,EL viejo recuerda la taita del campo, lo sentía en las noches acercarse a su camastro para acariciarlo y contar de sus andanzas. Aquí en este monte vivían los gavilanes, lugartenientes del Froilán, del mesmeto Alama, perseguido por caporales, hacendados y embotados. Se guarecían en medio del desierto. Entonces, no había, pueblo, apenas si alguna choza solitaria en las tierras que después entregará el Cura Mori.
Y allí nació él, amamantado con leche de burra preñada con piajeno legañoso, en el mismo monte de los gavilanes, con la gavilla, lagartijas y la arena caliente, rapaz, gaviláncillo apenas, dueño de los desiertos, y de las nidos de horneros.
El monte, es testigo como, el patrón le hablaba al Cura Mori, de regarle el pueblo al mismo pueblo Serán unas tierritas para que los cholitos, te veneren y los tendremos cerca de la hacienda, juntitos y bien vigiladitos y ya no habrá problemas de manos en la paña. El cura visitaba, en su choza a cada campesino. Celebraron misa en donde hoy es la plaza de armas. Le decían gracias papacito, tú sí que serás santo de los santos y les entregó el desierto en propiedad a todos pero menos al tiniente Gavilán.
Y así, juró jamás ser pueblerino y se hizo tiniente por herencia. Quien le iba a reglar a él su propio monte:
Desde 1919, día tras día, desfilaban los abuelos, padres e hijos desde el pueblo a la tierra del patrón. El también desfiló como negarlo. A contar chirimachas, a pañar algodón en la cosecha, a romperse en la tierra con su lampa. Pero no duró mucho.
Amanece en Cura Mori. El sol despunta pintando el Cielo de colores acompañado a los labriegos del Bajo Piura. Las rústicas viviendas empiezan a mostrar su color tierroso entre cantos de gallos, ladridos de perros, y gorgeos de algún guardacaballo.
Sobre un pequeño cerro de arena, casi enterrada, una pequeña choza de barro y caña, apenas si aparece en el monte.
En Cura Mori dicen que la tierra se la está tragando, cuando la miran de lejos, desde el pueblo atravesando el cementerio; aunque los churres la visiten para que el viejo que la habita les regala lagartijas de color azul y verde, les narre la historia de sus padres, la de los gavilanes, y la del corazón de soña. Tiniente: gritan cerca de la choza.
Aparece en el monte una figura encorvada, de estatura corta. El viejo muestra un rostro agradable, bigotes pequeños y blancos, cejas pobladas, con ojos que parece escudriñar el horizonte. Su cabello entre cano y gris, se encarga de adornar su dañada camisa celeste y el pantalón rosado sostenido por ancha correa negra. Palana al hombro, corta alforja en la mano el hombrecillo de pié, inmóvil por unos instantes, desafía con la mirada a los que le llamaron.
 Quien llamó al tiniente del Monte Gavilán, Caraju, pregunta el viejo en voz alta, escondiendo una mueva maliciosa.
Los visitantes se observan, guardando un silencio de espera.
 Eran ustedes! Caray, como fuera Froylán el que me busque para sacar mi fusil e ir a joderles la pita a los Palacios, Caraju!, No importa dice, vamus a sudarla como Diosito manda, a preñar la tierra como hace noventituantus años.
 Pos vamunus, mayorcito, no más, que no hable tanto, que hay que regresar temprano pal santo de la comadre Jacinta – interrúmpele Jacinto – Ya… Ya… Ya responde el viejo acercándose al grupo, que inicia la marcha.
Fue por la chisca que me palomié al sargento.
Regresaba de Salitral luego de acompañar a don Froylán, todos lo tratábamos de don. Teniente, Tenientillo, me decía – deja ya de seguirnos y vuelve a tu desierto, no querrás acabar como tu taita? Y yo dale pa’ hacerle caso y regresarme. Ay se le fue su suerte. Allí nomás me lo mataron. Que me dio un coraje.
La chisca si que agarró el gavilán, aunque seya por un tiempo, patentito, me acuerdo como vestiya la bandida cuando me la robé. De la misma iglesia la empujé pa’ fuera. Como gritaba la churrería de alegriya. Ay vá el tiniente gavilán robándose a la chisca!…
Hasta la unión la traje, pataliaba de contenta, pero ay nomás apareció su mamá la Pachurra con el sargento de Catacaus.
Y yo, pues le mandé una balería y allí tantito nomás quedó el sargento.
Si lo supiera Froylán, juido estuvo como dos otoños.
A las cinco de la tarde, la chicha comenzaba a hacer sus efectos, de regreso del trabajo en el campo, los cholos buscaron a la Jacinta, bandera blanca en el portal.
El camino de regreso se hizo largo, el arado en abril es duro, y hasta el azadón se pone pesado. No más que las tres leguas hasta el pueblo debieron convertirse en una, pensaba Floro el de las piernas cortas, que le pusieron así porque su madre no medía más que uno cincuenta y era retechiquita y él no tuvo la culpa de que en el pueblo se le colgarán y desde la escuela le soltaron cocachos, los más grandes, entre ellos el Jacinto, que nu más saca pecho porque es compa’ de la Jacinta. Si supiera que por el pueblo dijeron que el Tiniente no lo quiso reconocer cuando lo parió su mamá, por vergüenza que llegara el marido.
Salud, por la del santo, por la Jacinta gritaba el tiniente del monte gavilán, enardecido por la chicha – pero que ponga más piqueyo se escucha desde el fondo de la casa.
Alrededor de la mesa, enmantelada con retazo de tela blanca pespuntada de rojo y amarillo en los bordes, sentados sobre largas bancas de tronco de algarrobo, los invitados con poto en mano, entrecruzan brindis. Una jarra de arcilla adorna el centro de la mesa. La comadre Jacinta, de largas trenzas enrolladas con cinta anaranjada, habla de cuando en cuando a su hija Pascuala.
 Pascuala, ponle más piqueyos a los de dentro, gritaba alegre, mientras exige a los de la mesa velay! Pue compadres, nu la mano seyen tanto y sírvansela, estos cholos, más lis gusta el poto que la chicha.
Los presentes respondían con carcajadas la ocurrencia de la chola y el floro, destila sus puntería sobre el Jacinto: cuidao doña Jacinta, qui a su lado hay uno qui más qui el poto y la chicha le gusta comer comadres.
La Jacinta a mandíbula batiente, celebra al Floro codeando al compadre Jacinto.
 Veya compadre lo qui dicen puis, no si mi quede mudo qui vayan hablar demás.
La tarde avanzaba hacia el anochecer. Cura Mori se vestía de negro entre melodías de chirocas y chilalos que recogiéndose en sus nidos parecían despedir la luz. Las chirimachas y los grillos desde los algarrobos grandes y frondosos que sombrean la ciudad, con música chirriadora, traían a los curamorinos recuerdos que se diluyen con el tiempo y los hijos.
Después de la jalea el maíz tostado, la yuca ahumada, y haber sacado del copús la cabeza del carnero, los plátanos y el camote, la fiesta de la Jacinta, los plátanos y el camote, la fiesta de la Jacinta coge sabor a terruno. Un sopor de chicha fermentada, mezclada con imágenes traídas de algún lugar de la historia piurana hace surgir del ambiente usos y tradiciones.
Casimiro el más joven de la reunión, se acerca donde el viejo tiniente y sorprendido por el gesto durmiente del anciano le pregunta:
Ya se cansó de la fiesta mayur?
 No hijo, estoy contandu chirimachas, le responde sin pestañear.
 Cómo? Expresa sorprendido, Casimiro.
 Si Casimiro, contandu chirimachas, no te había cuntau tu taita que él contaba chirimachas?
 No mi mayur!
Pos dile que te cuenteye el muy caído de la burra cumu el caporal de la hacienda nos daba mediu centavu a cada churre por cazar chirimachas del algodón. Desde el amanecer nos daban botellas para llenarlas. Mi taita meti que te meti la pala a la tierra y nosotros meti que te meti chirimachas a la botella. En la tardi acababa la lampada, nos llevaban donde el patrun para que lo saludemus. En la puerta de la casa – hacienda se paraba el blanco, altazu, con su sombrero anchote y unas botas de cuero hasta acá. Desde hay te via cuando llegabas y ti preguntaba: Cuál es tu nombre, mi hijito?, Qué peón es tu padre y se frotaba los bigotes con una mano y el fuete con la otra.
 Felipe, patroncitu, el del monte Gavilán.
 Ah, tu eres hijo del teniente? Y tac, tac, tac, golpeaba su bota con el fuete de siete puntas, tac, tac, tac, tac, el blanquito hacía sacar chispas al cuero. Añadía, dile que le mando saludos el patrón Palacios, y que se cuide y deje de estar asustando a la peonada con lo del bandido ese Froylán.
 Y no dejes de contar chirimachas -, decía mientras arrojaba una monedita de medio centavo al suelo y se alejaba, sonriente, orgulloso de su blancura, de su peonada y de sus hijitos. Tac, Tac, Tac, se escuchaba mientras sus pisadas se perdían en el interior de la casa.
Ayayayay, Casimiro, yo mi quidaba contentísimo con la platita, bien valía la pena una yuquita más en el mate, mi hijo, bien valía la pena cazar chirimachas en el algodonal.
Se cansó de estar escondió y regresó al monte Gavilán. En el pueblo le informaron que su hermano Jesús se encontraba en la cárcel de Piura. Lo habían juzgado por la muerte de su sargento.
Ay si que me dolió, más de diez años los dejé de ver, el pobrecito se apagaba como brasa en la leña. Se acabó de pena.
Al poco tiempo se le fue la chisca. Solitario el tiniente del Monte Gavilán, aprendió a conversar con el silencio y los pájaros, a viajar con su alforja sentado en la puerta de su casa, a renacer el cada niño que llegaba del pueblo a escuchar sus canciones y a guardar en secreto un imaginario fusil, por sí algún fantasma pretendiera invadir su territorio libre en el desierto, la tierra donde nació.
A la chicha fermentada
No li busques el sabor,
Al claro quítale el diente
y a la chola su calzón”.
Al que paña el algodón
li dicin que es golondrino
paña también el ladino
de la suña el corazón”.
Al poto nunca li falta
La chicha y su cojudito
Y a la comadre Jacinta
El cholo y su compadrito”.
El floro ha empezado a rimar canciones. La algarabía es general. Los versos salen espontánea y libremente. Los ánimos se agitan entre los invitados. Bravuu Floro!, hurra. Un roído sombreo de paja cruza el espacio. A la salucita de Jacinta! Qui viva la curazón de soña!. El tiniente del Monte Gavilán y Casimiro parecen despertar de un sueño, embriagado de recuerdos y chicha exclaman:mueran las chirimachas los invitados celebran la ocurrencia. Alguien prende un mechero e incita al baile. Un pañuelo blanco llama a la Pascuala, que no hace esperar, se remanga al pollera y sus descalzos pies empiezan un rastrilleo en el suelo, a la vez que mueve su cuerpo cadenciosamente. Su moño lleva el compás de los versos de Flor que empieza a convertirlo en canción. Palmadas de los presente con golpes en la mesa. La parejita se acerca, rostro con rostro, el hombre golpea con fuerza el piso impresionando a la compañera, que se aleja zalamera inventando formas rítmicas. “Al poto nunca le falta la chicha y su cojudito”. Quiebra la cintura el cholo, el pañuelo habla en el aire. La magia del ambiente y el cantar atraen a los presentes que empiezan a danzar en grupo. “Y a la comadre Jacinta su choclo y su compadrito”. Y vuelve a repetir la tonada dos y cien veces hasta que la noche se acabe o hasta que se despierten los muertos del cementerio y empiecen a bailar la marinera caracada.
El viejo por un rincón, sueña despierto imagina auroras cantarinas y chiroquitas dulzonas, acariciadoras, frescas como la chirimoya en flor, la chisca que se le fue por el mal ojo, a la cabrita lechera, que le vendiera Cresencio el puritano, a Froylán el bandolero que acompañó por el naranjal y Palo Blanco, a todos los imaginan, los vé, los acaricia, bailando, quebrándose el espinazo de puro gusto nomás, diay qui la vida es una y que a mis años, cuales años, si aún se me para…caraju que gustito.
De pronto el tiniente rompe con su meditación el rostro del viejo parece renacer, como si un largo anhelo de luz, de color, le conmoviera.
Se levanta prestamente.
 Por la bendita madre de todos y miya, ura a que van a oir al tiniente del Monte Gavilán hijos de taitas de barro cocido po’ el sol, ura quiero hablar como habla el silencio con el tordu, que se leyen todos los maricunes – exclama, agitando los brazos.
 Aquí el ultimito de gavilanes que le robó la mujer al diablo. Caraju!, el único dueño del monte ayí donde criyan los churres palabriandu con los pájaros y las cabras, dónde supieron sus taitas ser libres?. Diondi están esos cholos del campu, que no huyen a este viejo gavilán, al qui no lo jodieron con regalos. Pucha mamá! Salud!. Hijos de los algarrobos.
Un choqueco cruza el desierto, buscando la aurora.
La noche está oscura.
El viejo ya conoce su camino.
Nota; Conversamos con la familia castro que se encuentran ubicados en la parte posterior del Cementerio “ Los Angeles “ de Kukung Arák y nos dijeron que de verdad a ese determinado lugar se le llamaba asi según  version de sus abuelos .